Justicia

La justicia, desde Ulpiano (siglo II-III), se define como «la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho (lo que le corresponde, lo suyo)» (Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi).

Fuente: Justinianus. (1870). Digesta Iustiniani Augusti (T. Mommsen & P. Krueger, Eds.), 1.1.10 pr. https://droitromain.univ-grenoble-alpes.fr/Corpus/digest.htm

Quien cumple lo que las leyes mandan, quien cumple con los contratos y los pactos y reconoce los derechos del prójimo, y lo hace con decisión firme, habitual, cumple con dar a cada uno lo suyo. La omisión de este deber de justicia reclama una restitución. La justicia tiene por medida de la obligación el derecho del prójimo, mientras que la caridad, o la solidaridad, es mensurada tanto por la necesidad del prójimo como por los recursos de que se disponga.

Tomás de Aquino (1225-1274), en su tratado sobre la justicia,1 la divide en justicia general, justicia conmutativa y justicia distributiva, lo que se corresponde con el orden tripartito de exigencias de la justicia: de las partes con el todo (justicia general), del todo con las partes (justicia distributiva) y de la parte con la parte (justicia conmutativa). La justicia conmutativa regula las relaciones de las personas privadas entre sí en los contratos y de acuerdo con el principio de la igualdad en los cambios. La justicia distributiva, que parte de la comunidad, regula las relaciones de esta y de los ciudadanos, según el principio de un reparto de las ventajas sociales y de las cargas. La justicia general, a la que también se llama justicia legal, concierne a las normas y por ella se promulgan leyes favorables al bien común y se impone a los ciudadanos que las obedezcan.

Justicia social

Origen

Luigi Taparelli d’Azeglio

El término justicia social como tal fue usado por primera vez por el jesuita italiano Luigi Taparelli d’Azeglio en 1840.

Fuente: Taparelli d’Azeglio, L. Saggio teoretico di dritto naturale appoggiato sul fatto (ed. digitalizada con fecha de 1841). Pasaje «La giustizia sociale è per noi giustizia fra uomo e uomo»: ‘La justicia social es para nosotros justicia entre hombre y hombre’.

John Stuart Mill

Trece años después, lo empleó John Stuart Mill, quien imagina que las sociedades pueden ser virtuosas de la misma manera que los individuos.

Fuente: Mill, J. S. (1865). Principles of political economy: With some of their applications to social philosophy. Longmans, Green. https://archive.org/details/principlesofpoli00mill_3.

El texto aparece en la p. 493 del volumen arriba citado, dentro de Book V, Chapter II, § 5, bajo el epígrafe «General Principles of Taxation». Dice: «El progreso ordinario de una sociedad que aumenta en riqueza tiende en todo momento a aumentar los ingresos de los terratenientes; a darles tanto una cantidad mayor como una proporción mayor de la riqueza de la comunidad, independientemente de cualquier molestia o desembolso en que incurran ellos mismos. Se hacen más ricos, por así decirlo, mientras duermen, sin trabajar, arriesgar ni economizar. ¿Qué derecho tienen, según el principio general de justicia social, a este incremento de riquezas?».

De ahí pasó a los socialistas fabianos ingleses (precursores del laborismo), que citan a Mill.

Fuente: Fabian Society. (1895). Fabian Municipal Program. No. 1. The Unearned Increment (Fabian Tract No. 30).

En 1919, lo copió en 1919 la Organización Internacional del Trabajo:

Fuente: International Labour Organization. (1919/2024). ILO Constitution. https://www.ilo.org/resource/other/ilo-constitution.

Quadragesimo anno

En 1931, el papa Pío XI lo introdujo en su encíclica Quadragesimo anno.2

Desarrollo de la justicia social

La justicia social impregna la obra más importante de John Rawls (1921-2002)3 y llega a nuestros días asociada a las ideas de lucha contra la distribución desigual de bienes, la solicitud y preocupación por el bien común y el desarrollo humano de la sociedad.

Según algunos autores, como Emile Guerry,4 la justicia social coincide con la justicia legal cuando esta última tiene su expresión en leyes sociales dictadas por el Estado con vistas al bien común. La peculiaridad de la justicia social sería la de ampliar y sobrepasar la justicia legal en tanto que requiere el concurso no solo del legislador, sino de todos los ciudadanos y de todas las instituciones.

Afirma Guerry que la justicia social tiende a conseguir que se respeten los derechos naturales de los miembros de la comunidad para que se hallen en condiciones de cumplir sus deberes y funciones sociales. Además inclina a los ciudadanos a entregar a la sociedad lo que le deben. Así la sociedad puede cumplir su misión para con el bien común, concediéndole a cada uno aquello que le es necesario para el desarrollo de la personalidad y para el cumplimiento de su papel social.

El individuo, según Guerry, no vive plenamente y no se desarrolla más que en el seno de la sociedad y por la sociedad, gracias a cuanto esta le procura para su vida física, intelectual y moral. Y sin embargo hay categorías sociales y hombres privados de vivir una vida digna de hombres en diversos grados.

¿Por qué la justicia social? Sigue Guerry: por la comunidad de naturaleza entre los hombres. Por la solidaridad social. Por las responsabilidades que todos los ciudadanos, en su calidad de miembros de la sociedad, tienen respecto a otros miembros, privados del reconocimiento práctico de sus derechos naturales frente a la sociedad. La sociedad no es un conglomerado de individuos yuxtapuestos; la sociedad es un cuerpo vivo, cuyos miembros en su totalidad deben ayudarse entre sí, para que todos puedan participar de modo efectivo en la vida de la comunidad humana. Hay que tener presente la finalidad social de los bienes de la tierra, su común destino, de tal suerte que deben servir a la satisfacción de las necesidades de todos, según los principios de una más justa distribución de las riquezas.

Concluye Guerry: la justicia social requiere el establecimiento de instituciones que permitan la realización de reformas cuya amplitud sobrepasa las posibilidades de los individuos. La justicia social desborda los marcos de una nación. Crea deberes de colaboración para los Estados busquen juntos la solución a los problemas sociales.

Al menos tres notas pueden ser identificadas en las teorías contemporáneas sobre la justicia social: el Estado debe distribuir ciertos medios mínimos vitales (derechos económicos, sociales y culturales), se ha de proteger la dignidad humana y se ha de promover activamente la igualdad de oportunidades.

Crítica de Friedrich August von Hayek

Por una parte se impugna la necesidad de emplear una nueva expresión, justicia social, si se tienen en cuenta las tres clases de justicia clásicamente en juego: conmutativa, distributiva y legal. Esas, para algunos autores, cubren todo lo que podría aportar la justicia social, que a veces se emplea como sinónimo de justicia legal o general y otras (más frecuente) como sinónimo de justicia distributiva. Por otra, se cuestionan los medios que algunos aducen para conseguir los fines a los que apunta la justicia social.

El austriaco Friedrich August von Hayek (1899-1992) critica a fondo la justicia social en la segunda parte de Derecho, legislación y libertad, bajo el título de «El espejismo de la justicia social» (páginas 183-337).5

Formula ahí el también premio Nobel de Economía (1974) pegas sustanciales. La primera la resume así:

«Los individuos jamás estarán en condiciones de coincidir sobre lo que exige la “justicia social”» porque «todo intento de fijar las remuneraciones en consonancia con lo que se estima requiere la justicia impide el funcionamiento del mercado» (p. 183).

En segundo lugar, y más importante:

«Quienes suelen emplear dicha expresión simplemente ignoran lo que la misma significa, y la emplean precisamente como una afirmación de que cierta pretensión está justificada, sin aducir razón alguna» (p. 183).

Hayek confiesa que «no es nada agradable tener que argumentar contra una superstición que comparten firmemente hombres y mujeres que con frecuencia son considerados como las mejores personas de nuestra sociedad, y contra una creencia que se ha convertido casi en la nueva religión de nuestro tiempo (y en la que muchos ministros de la religión han buscado refugio) y en las señas de identidad del hombre bueno» (p. 184). No es agradable y no es fácil razonar en contra, porque nos situamos ante «sentimiento intuitivo de indignación que sin duda experimentamos con frecuencia en ciertos casos particulares», pero que «se revela incapaz de ser justificado por una regla general, según lo exige el concepto de justicia» (p. 184).

Lamentando, pues, que pueda herir algunos sentimientos de personas «cuyos vigorosos sentimientos morales respeto», Hayek se adentra a demostrar que «el término “justicia social” es una expresión totalmente vacía y carente de significado» (p. 183). Su deber, en definitiva, lo ve en denunciar el hecho de que aunque esta creencia (la justicia social) «sea compartida universalmente no demuestra la realidad de su objeto más de lo que podría demostrarlo la creencia en las brujas o en la piedra filosofal» (p. 184).

Crítica de Michael Novak

La justicia es una virtud (algo personal), es decir un hábito de actuación que persigue el bien y hace el bien a quien lo ejecuta. Pero la justicia social siempre alude a un estado de cosas impersonal: alto paro, desigualdad de ingresos, carencia de un salario digno, etc. El concepto de justicia social, afirma Michael Novak6 comentando el tratado de Hayek, en la mayoría de los casos se convierte en un grupo nominal práctico cuyo significado operativo es: «Necesitamos una ley en contra de esto». Es decir, «se convierte en un instrumento de intimidación ideológica con el objetivo de conseguir el poder de la coerción legal». O la justicia social es una virtud o no lo es. Si lo es, solo puede adscribirse a actos deliberados de las personas individuales. Pero la mayoría de los que usan el término no lo adscriben a individuos sino a sistemas sociales. Utilizan la justicia social para apuntar a un principio regulador de orden. No están centrados en la virtud sino en el poder.

La proliferación de uso del término «justicia social», señala Novak en su comentario a Hayek, no ha surgido hasta los tiempos modernos, con sociedades complejas regidas por leyes impersonales. La justicia social presupondría que la gente está guiada por directivas externas específicas en vez de por reglas de conducta interiorizadas sobre lo que es justo, y que ningún individuo debiera ser considerado responsable por su posición en la sociedad. Afirmar que se es responsable sería «echarle la culpa a la víctima». En realidad, añade Novak, la función del concepto de justicia social es echarle la culpa a otro, echarle la culpa «al sistema», echarle la culpa a los que (míticamente) «lo controlan». Según Leszek Kolakowski en su «magistral historia del comunismo», señala Novak, el paradigma fundamental de la ideología comunista es este: «Usted sufre, su sufrimiento es causado por personas poderosas; hay que destruir a esos opresores».

Calificar de «injusticias sociales» determinados resultados desafortunados en la sociedad, defiende Novak, puede conducir a un ataque a la sociedad libre con el objetivo de moverla hacia una sociedad dirigida. El expediente histórico de economías totalitarias, como el nazismo y el comunismo, justifican la repugnancia de Hayek ante ese modo de pensar.

A finales del siglo XIX el sintagma «justicia social» ganó prominencia porque se empleó como un llamamiento a las clases dirigentes para que atendieran las necesidades de las nuevas masas de desarraigados. A eso, Hayek nada objetaba, concluye Novak. Pero sí combatía el pensamiento chapucero: la justicia, por definición, es social. Semejante descuido se vuelve positivamente destructivo, subraya Novak, cuando el término «social» ya no describe el producto de las virtuosas acciones de muchos individuos, sino más bien el objetivo utópico hacia el que todas las instituciones y todos los individuos «deberían ser llevados a converger en el mayor grado posible», mediante la coerción. En ese caso, el «social» de la «justicia social» se refiere a algo que no emerge orgánica y espontáneamente del comportamiento respetuoso a la leyes de individuos libres, sino que más bien procede de un ideal abstracto impuesto desde arriba.

Crítica de Ludwig von Mises

La crítica a cierta confusión en torno a la justicia social es también muy dura en el caso de Ludwig von Mises (1881-1973):

«Los teóricos del bienestar […] han publicado mi­les de volúmenes, detallados catálogos de las insatisfactorias condi­ciones en que se debate el género humano. De este modo creen demostrar las deficiencias del capitalismo. Pero en realidad tales escritos no nos dicen sino lo que todos ya sabemos: que las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas y que hay todavía mucho que hacer en bien de la humanidad. Lo que tales publicaciones nunca se preocupan de demostrar es la idoneidad del intervencionismo y del socialismo para remediar los propios males que airean».7

Y un poco más adelante, en ese mismo capítulo que dedica a la justicia social:

«Nadie duda que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, consiste en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método dis­tinto del de acumular nuevos capitales. La retórica de los defensores del bienestar tiende deliberadamente a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa. Pese a hallarse científicamente demostrado que la acumulación de nuevo capital es el único mecanismo capaz de im­pulsar el progreso económico, estos teóricos hablan de un supuesto “ahorro excesivo” y de unas fantasmagóricas “inversiones extrema­das”, aconsejando gastar más y, de paso, restringir la producción. Es­tamos, pues, ante los heraldos de la regresión económica, ante gente que, aun sin quererlo, trabajan por la miseria y la desintegración so­cial. La comunidad organizada de acuerdo con las normas del paternalismo podrá parecer justa desde un punto de vista subjetivo. Pero lo que no ofrece duda es que los componentes de tal sociedad irían empobreciéndose progresivamente» (p. 1008).

En otra de sus obras, Hayek afirma que la discusión sobre el socialismo se ha convertido principalmente «en una discusión sobre los medios y no sobre los fines; aunque vaya envuelta también la cuestión de saber si los diferentes fines del socialismo pueden alcanzarse simultáneamente».8

Aquí pues, ya al margen de la polémica sobre el concepto de justicia social, vamos a reflexionar sobre determinados problemas sociales y sobre los medios propuestos para resolverlos.

Pobreza

La percepción común de la pobreza es la de carencia de bienes materiales básicos para subsistir, y a eso a veces se le pone alguna medida, como, por ejemplo, «tener que pasar con menos de dos dólares al día».

Visto así, y por lo menos hasta antes de que estallara la crisis del covid-19, la pobreza estaría cerca de erradicarse en el mundo desarrollado y no solo en el mundo desarrollado. Baste considerar estos datos:9

«El 60 por ciento de las niñas en los países pobres finaliza la educación primaria. El porcentaje de personas que vive con menos de 1,9 dólares al día se redujo del 34 por ciento en 1993 al 10,7 por ciento en 2013. La media de esperanza de vida mundial para los nacidos en 2016 era de 72,48 años. El 88 por ciento de los niños de un año están vacunados contra alguna enfermedad. En todo el mundo, las mujeres de edades comprendidas entre 25 y 34 años han estado escolarizadas una media de 9,09 años, mientras que los hombres lo han estado 10,21 años».

Las percepciones ante el problema de la pobreza son muy dispares. En los últimos veinte años, la proporción de población mundial que vive en condiciones de pobreza extrema se ha reducido a la mitad, sin embargo, en un test con tres posibles respuestas (1. Casi se ha duplicado 2. Se ha mantenido más o menos estable 3. Casi se ha reducido a la mitad (esta es la respuesta correcta)), solo el 3 por ciento de los españoles acertaron, frente al 25 por ciento de los suecos. Los húngaros fueron «más pesimistas» aún que los españoles: solo el 2 por ciento de los húngaros acertaron. Y solo el 5 por ciento de los estadounidenses.

Uno de los índices que se utiliza para medir la pobreza es el coeficiente de Gini. Un coeficiente de Gini 0 significa igualdad perfecta (todos los ciudadanos reciben la misma renta) y uno de 100 significa desigualdad total (un ciudadano recibe toda la renta, y el resto, nada). En España, el coeficiente de Gini en 2017 era de 33,2; había caído al nivel más bajo en una década (Datos de 2017, del informe Encuestas de Condiciones de Vida (ECV), del Instituto Nacional de Estadística (INE)). Según el Banco Mundial, el coeficiente de Gini en Latinoamérica era de 41 en 2017.

Adam Smith definía la pobreza como «la imposibilidad de satisfacer necesidades de carácter natural o derivadas de la costumbre». Karl Marx escribió que «nuestras necesidades y disfrutes surgen de la sociedad», y puesto que son de naturaleza social, «son relativas». Amartya Sen expone que los pobres son las personas a las que su situación social les priva de condiciones (recursos, bienes, ingresos) para desarrollar capacidades de funcionar con el fin de conseguir resultados valiosos. Este economista subraya la libertad para vivir una vida que valga la pena (freedom to live a valued life). Para Anthony Atkinson, pobres son quienes hallan obstáculos para «participar en las actividades cotidianas de la sociedad en que viven y que, a resultas de ello, no logran desarrollar sus capacidades».10

A pesar del carácter relativo de la pobreza, su experiencia subjetiva es muy parecida en los distintos contextos sociales y culturales, como ha puesto de manifiesto Robert Walker. Se puede hablar de «tercer» mundo dentro del «primer» mundo, de Haití en Glasgow. Son comunes los sentimientos de degradación, vulnerabilidad e impotencia, la frustración porque no quedan satisfechas aspiraciones materiales, la baja autoestima porque se vive en condiciones inapropiadas, porque hay que pedir ayuda o endeudarse, porque no se desempeña el papel social como se debería (de marido o de padre, verbigracia) y porque se siente «haber fallado» a los seres más cercanos y queridos. Hay con frecuencia sentimiento de humillación (las víctimas de maltrato o explotación) y se experimenta vergüenza asociada al estigma de la pobreza: colas para intentar ser contratado, colas para pedir ayudas públicas… Ese estigma será diferente en Noruega que en otras partes, pero también se da en Noruega. Por ejemplo, allí, los hijos de familias pobres pueden vivir en un piso de protección oficial, pero precisamente serán señalados por sus amigos más favorecidos justo por vivir en ese piso de protección oficial. En Afganistán, la vergüenza y el estigma pueden surgir de tener que hacer las necesidades íntimas (evacuación intestinal) en la calle.

Los daños sanitarios y cognitivos de la pobreza se traducen en malestar (las personas que ocupan posiciones más bajas en la escala social suelen valorar más negativamente su vida, se declaran más infelices y se muestran más pesimistas respecto al futuro), en desigualdad (la pobreza como la «causa de las causas de mala salud») y en erosión de capacidades cognitivas. Los pobres se incapacitan progresivamente para tomar las decisiones adecuadas. Los trabajos de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir han demostrado que tanto el dolor, como las preocupaciones, tristezas, ansiedades y enfados son mayores a medida que disminuye la renta.  
La tendencia a reducir a los pobres a un conjunto de clichés impide comprender sus problemas reales. Las políticas gubernamentales destinadas a ayudarles muchas veces fracasan porque descansan en suposiciones falsas sobre sus circunstancias y su conducta. Estos son los presupuestos que combaten Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo (premios Nobel de Economía en 2019) en Repensar la pobreza.11

La «economía de la pobreza» se confunde a menudo con «una economía pobre», señalan Banerjee y Duflo, de manera que el campo de la política para erradicarla «está repleto de los desechos de milagros instantáneos que acabaron siendo poco milagrosos».

Es fácil abatirse ante la magnitud del problema de la pobreza. Por eso Banerjee y Duflo invitan a dejar de lado «la sensación de que la lucha contra la pobreza es demasiado abrumadora y a empezar a pensar en ella como un conjunto de problemas específicos que, una vez identificados y comprendidos, pueden ser resueltos de uno en uno» (p. 19).

Es posible conseguir un avance muy significativo en la lucha contra el mayor problema del mundo «mediante la acumulación de una serie de pequeños pasos, cada uno de ellos bien pensado, probado cuidadosamente y realizado con criterio». «La mejor opción para que algún día se acabe con la pobreza se encontrará en el corpus de conocimiento que va creciendo con cada respuesta específica y en el saber que acompaña a esas respuestas» (p. 34).

Desigualdad

Existe entre los hombres una igualdad fundamental de naturaleza. Esa es la razón por la que yerran prácticas como la segregación racial o tesis como la superioridad de una raza. Esa es la razón también por la que, al menos en teoría, la sociedad trate de ayudar a los más vulnerables: niños, enfermos, pobres y ancianos.

Pero son un hecho también las desigualdades individuales naturales de partida. Los seres humanos nacen con diferencias de sexo, de salud, de fuerza física y de inteligencia. Otras desigualdades provienen de la diversidad de funciones que implica la buena organización de una sociedad y del grado de posesión de los bienes materiales, espirituales y culturales.
La desigualdad o no desigualdad de los sexos es un asunto hoy especialmente conspicuo. En cualquier caso, hay un gran consenso en la igualdad de los derechos de la mujer y del hombre, en su misma dignidad como personas, aunque muchas veces en la práctica no se viva o se entienda de forma distorsionada la manera de vivirlo.

Una de las complicaciones con el asunto de la desigualdad es la precisión para significar lo que se desea significar. ¿Estaban Marx, Engels, Lenin y Stalin en contra de la igualdad? Como recuerda Alejandro A. Chafuen en la «Introducción» al libro Libertad o igualdad,12 «cualquier observador honesto sabe lo diferentes y desiguales que son todos los seres humanos en lo que se refiere a la producción… Habitualmente, a mis colegas les recuerdo que incluso Stalin arremetió contra los socialistas que reclamaban “igualar, nivelar los requisitos y las vidas individuales de los miembros de la sociedad”. Para Marx, Engels e incluso Lenin, la igualdad equivalía a la abolición de clases. La “exigencia de igualdad que va más allá de lo necesario desemboca en el absurdo”, escribió Engels. Lenin afirmó que “afirmar que queremos que todos los hombre sean iguales entre sí es una frase vacía y una estúpida invención de intelectuales”» (p. 14).

Uno de los grandes debates se centra en las desigualdades producto de una mala repartición de la riqueza, material y cultural, como el acceso a la educación. Especialmente en el campo de la educación se habla tanto de igualdad de oportunidades como de igualdad de resultados.
La desigualdad de rentas y patrimonios es una nota típica de la econo­mía de mercado. Muchos autores han hecho notar la incompatibilidad de la libertad y la igualdad de rentas y patrimonios. Algunas de las soluciones que se platean, como la renta básica universal, suelen ser muy polémicas. Lo veremos en el siguiente tema.

Thomas Piketty publicó en 2013 El capital en el siglo XXI,13 un libro que suscitó un importante debate sobre la desigualdad. El mismo Chafuen, en la «Introducción» arriba citada, afirma (p. 13): «Una de las consecuencias positivas del mencionado libro de Piketty es que concienció a los economistas de que el análisis de la igualdad tenía que matizarse más en lo tocante a su planteamiento de nuevas situaciones y desafíos».

Respuestas del capitalismo y del socialismo

Los diferentes enfoques de los sistemas socialista y capitalista para solventar las desigualdades económicas se deducen a partir de algunas de sus características, que sintetizamos a continuación.

Capitalismo

  • Defensa del derecho a la propiedad privada.
  • La competencia es una fuerza rectora de la vida humana y del mundo natural.
  • El recurso fundamental para la creación de la riqueza y el crecimiento económico son los individuos, no la sociedad.
  • Los empresarios benefician a los millones de personas que trabajan a su cargo, no solo a ellos mismos.
  • La economía de mercado libre promueve la libertad y la iniciativa.
  • El trabajo exigente y el ingenio se premian, y eso motiva.
  • Las personas con más éxito en la sociedad no pueden ser usadas como una red de seguridad para los fracasos de otros. A los más exitosos se les debe permitir vivir en paz y disfrutar de la propiedad que han trabajado, sin interferencias estatales.
  • No hay nada en el mercado que sea intrínsecamente explotador. Los mercados son simplemente medios eficientes para distribuir bienes a las personas. El peligro es el así llamado capitalismo clientelar.
  • La gente merece tanto por sus cualidades innatas como por las elecciones que haga.
    Sanidad privada.
  • Educación privada.

  • Todo lo anterior, aplicado a casos prácticos, significaría, por ejemplo, «sí» a la escuela privada, a las universidades privadas, a los hospitales privados… «Sí» también a no gravar el dinero heredado.

Socialismo

  • Pone más el acento en el bien común. El problema está en delimitar lo que se entiende, en un caso concreto, por bien común.
  • Pone más el acento en la cooperación que en la competencia.
  • Pone más el acento en lo falso de la autonomía personal y en lo falso del individualismo. Todos dependemos y somos responsables de los demás.
  • Pone el acento en que a los ricos se les han dado muchas ventajas que no tienen nada que ver con sus decisiones.
  • Aspira al bienestar social y fomenta para ello la mentalidad de «mis derechos» y de la dependencia.
  • Tiende a que el Estado provea.
  • Pone el acento en combatir la desigualdad, porque, razona, las sociedades con menos desigualdad casi siempre funcionan mejor por lo que se refiere al bienestar: disminución del estrés, mayor cohesión social, mayor esperanza de vida, disminución de la criminalidad, etc.
  • Tiende a percibir el mercado libre como intrínsecamente desigual y explotador. En cualquier caso, como un mecanismo que otorga beneficios excesivos a quienes controlan el capital. Los trabajadores se convierten en esclavos de un salario.
  • Algunas ventajas sociales, como la educación o la herencia, no son elegidas, y con las cualidades naturales, como la inteligencia y la energía, se nace y, por tanto, no se merece tener ninguna ventaja gracias a ellas. La propensión al trabajo duro puede verse también como un rasgo arbitrario de nacimiento, más que una fuente de valía moral.
    Sanidad pública.
  • Educación pública.

  • Lo anterior, aplicado a casos prácticos, significaría asignación por parte del Estado de un colegio local para todos los alumnos, preferentemente por sorteo, como único modo de afrontar la desigualdad educativa. Significaría que no deberíamos caer en un completo fatalismo sobre la desigualdad y que, por lo tanto, la guardería gratuita, por ejemplo, haría algo para reajustar el equilibrio. Y también: mejor escuelas públicas y hospitales públicos. Finalmente, para terminar el paralelismo con los ejemplos de arriba (capitalismo): el dinero heredado agrava las desigualdades. Más impuestos, pues, al dinero heredado.

Para las opciones concretas del socialismo y del capitalismo al problema de la pobreza, conviene tener en cuenta lo que afirman Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo. No hay varita mágica para erradicar la pobreza, ninguna medicina para todo: «Puede que no tengamos mucho que decir sobre políticas macroeconómicas o sobre reformas institucionales», pero no hay que confundirse por la aparente modestia de la empresa: «Los cambios pequeños pueden tener efectos grandes» (p. 333).

¿Ha fracasado el liberalismo?

El liberalismo, difuntos ya el fascismo y el comunismo, es la única ideología que reclama viabilidad. «El liberalismo ha fracasado porque ha triunfado», defiende Patrick J. Deneen.14 Pero cuidado, Deneen ve el liberalismo con elementos tanto del capitalismo como del socialismo.

Deneen resume así su libro en esta entrevista:15

«Mi argumento es que el liberalismo como proyecto social, político y económico ha fracasado no por no haber estado a la altura de sus propias aspiraciones, sino por haber triunfado en lo que pretendía llevar a cabo: crear un mundo en el cual los seres humanos estarían en gran medida liberados unos de otros, y particularmente liberados unos de otros por medio del mecanismo de la despersonalización del Estado y de la despersonalización del mercado. En la medida en que la gente ha descubierto que está libre de los otros, más se ha hallado sujeta a las fuerzas de un mercado globalizado y de un Estado cada vez más distante. Muchas de nuestras crisis políticas actuales, lo que estamos viendo en Occidente, son una reacción simultánea contra ese sentido de impotencia respecto de un mercado globalizado y frente al Estado. Es en parte lo que está sucediendo con el Brexit, con el alza del populismo en Occidente, con la Unión Europea; lo que ha contribuido al ascenso de Donald Trump. Lo anterior se manifiesta también en muchas patologías sociales, como la soledad, el suicidio, la adicción a los opiáceos… De tal manera que surge una suerte de crisis política, pero también una crisis de la vida humana. Mi razonamiento en el libro es que justamente el éxito del proyecto de liberarnos unos de otros ha provocado ciertas patologías: políticas, sociales y económicas».

Como ideología, recuerda Deneen, el liberalismo fue la primera arquitectura política que propuso la transformación de todos los aspectos de la vida humana para conformarlos a un plan político preconcebido. Vivimos en una sociedad y cada vez más en un mundo que ha sido esculpido a la imagen de una ideología. Estados Unidos es la primera nación fundada por la explícita aceptación de la filosofía liberal, una nación cuya ciudadanía ha sido moldeada casi enteramente por los compromisos y la visión del liberalismo. Pero al contrario que los regímenes que surgieron con el fascismo y con el marxismo, el liberalismo es una ideología menos visible y solo subrepticiamente forma el mundo a su imagen.

Al contrario que sus crueles competidores, defiende Deneen, el liberalismo es más insidioso: como ideología dice que es neutral. Se congracia por invitación con las libertades fáciles, con las diversiones y con las atracciones de la libertad, el placer y el bienestar. Pero se hace invisible como el sistema operativo de un ordenador… invisible hasta que el ordenador deja de funcionar.

Su receta: solo una política basada en la experiencia de una polis, de vidas compartidas con un propósito de sentido común, con obligaciones y gratitudes que surgen de penas, esperanzas y alegrías vividas en un tiempo generacional, y con el cultivo de capacidades de confianza y fe, puede reemplazar a una era caracterizada por la desconfianza, el alejamiento, la hostilidad y el odio.

Más información

Llano, Alejandro. (2015, 14 de marzo). Riqueza y desigualdad. Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/riqueza-y-desigualdad/

Sevilla, Jordi. (2020, 4 de marzo). Las propuestas de Thomas Piketty contra la desigualdad. Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/las-propuestas-de-thomas-piketty-contra-la-desigualdad/

Grau Navarro, J. M. (2017, 10 de marzo). Entrevista a Mario Negre. De 1.900 a 800 millones de pobres extremos en las dos últimas décadas. Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/de-1-900-a-800-millones-de-pobres-extremos-en-las-dos-ultimas-decadas/

¿Qué se merece cada cual? Antología de Sandel. (2019, 21 de febrero). Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/que-se-merece-cada-cual-asi-interpreta-sandel-la-justicia-segun-aristoteles/

Grau Navarro, J. M. (2018, 6 de junio). Martin Schlag: ««Somos seres imperfectos en un mundo imperfecto, hacen falta instituciones». Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/martin-schlag-somos-seres-imperfectos-en-un-mundo-imperfecto-por-eso-hacen-falta-tambien-las-instituciones/

  1. Tomás de Aquino, Suma de Teología II-II, cuestiones de la 57 a la 79. 

  2. Encíclica Quadragesimo anno (1931). 

  3. John Rawls, Teoría de la justicia, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2010. (La primera edición en inglés es de 1971 y en español de 1975). 

  4. Emile Guerry, La doctrina social de la Iglesia, Rialp, Madrid, 1963. Dedica las páginas 119 a 206 a la justicia social. 

  5. Friedrich A. Hayek, Derecho, legislación y libertad, Unión Editorial, Madrid, 2014. Esta es la versión en español de la obra original inglesa, Law, Legislation and Liberty, que fue publicada en tres volúmenes: Rules and Order (1973), The Mirage of Social Justice (1976) y The Political Order of a Free People (1979). 

  6. Michael Novak. (2000, diciembre). Defining Social Justice. First Things First. https://firstthings.com/defining-social-justice/

  7. Ludwig von Mises. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial, p. 1008. 

  8. Hayek, Friedrich A. (2007). Camino de servidumbre. Madrid: Alianza Editorial, p. 63. 

  9. Rosling, Hans / Rosling, Ola / Rosling Rönnlund, Anna. (2018). Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Barcelona: Editorial Deusto. 

  10. Grau Navarro, J. M. (2020, 18 de febrero). Pau Marí-Klose: «No es verdad lo de pobres pero felices. Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/pau-mari-klose-no-es-verdad-lo-de-pobres-pero-felices/ 

  11. Abhijit V. Banerjee, Esther Duflo. (2016). Repensar la pobreza. Madrid: Taurus. 

  12. Lacalle, Daniel. (2020). Libertad o igualdad. Barcelona: Deusto. 

  13. Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2015 (la primera edición original, en francés, es de 2013). 

  14. Patrick Deneen, ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, Rialp, Madrid, 2018. 

  15. Grau Navarro, J. M. (2019, 22 de octubre). Patrick J. Deneen: «La izquierda y la derecha comparten la misma filosofía básica del liberalismo». Nueva Revista. https://www.nuevarevista.net/patrick-j-deneen-la-izquierda-y-la-derecha-comparten-la-misma-filosofia-basica-del-liberalismo/